Los obispos españoles, según la nota del Secretario general publicada tras su Conferencia plenaria (noviembre 2020), “comprenden y apoyan las movilizaciones contra la ley (de educación), en especial, en defensa de los derechos referidos a los alumnos con necesidades especiales” ¿Acaso no sería más humano comprender y apoyar a quienes trabajan y luchan para que ningún alumno sea segregado en razón de sus limitaciones personales, desventajas familiares y desigualdades sociales? ¿No sería más racional que comprendan y apoyen a quienes desean y ofrecen un trato igualitario a alumnos sean cuales fueren sus problemas físicos, psíquicos o sensoriales? ¿No es definitivamente más evangélico que se sienten en la misma mesa/aula los alumnos ciegos y los videntes, los sordos y los oyentes, los listos y los torpes, los integrados y los hundidos, y en ese mismo espacio reciban el trato diferencial y personalizado que cada alumno requiera?

De este modo echan por la borda los esfuerzos pioneros que, con sudor, lágrimas e inspiración cristiana, colaboraron, una vez acabada la educación uniforme del franquismo, en el nacimiento de una escuela inclusiva, diferenciada y personalizada, que fue saludada con entusiasmo por los menores marginados y sus  familias, por el sistema educativo y sanitario, por instituciones laicas y religiosas que regentaban Colegios de sordos y de ciegos, Centros de protección y de reforma, Instituciones de Beneficencia y Misericordia. Luchamos, y muchas veces logramos, incorporar a las escuelas ordinarias, los menores, que anteriormente eran derivados hacia centros e instituciones dependientes de otras administraciones, sociales, sanitarias, militares o religiosas. Era el fin de un paisaje de Instituciones totales y cerradas, organizadas en torno a las deficiencias y carencias. Recuerdo la alegría de María, Víctor e Inés, con necesidades auditivas y visuales y motoras. al incorporarse a la escuela de su barrio. Allí amanecía un esperanza para ellos y ellas al ser reconocidos como sus amigos y no por la índole de su deficiencia; ganaron todos los alumnos de sus aulas ya que, por fin, sus maestros no hablarían mientras escribía en la pared, pronunciarían mejor y aprendían a comunicarse; ganaban los maestros y maestras que aprendían a individualizar la enseñanza ya que todo alumno, y no solo María, Víctor e Inés, tienen un tiempo propio y original en el aprendizaje. Recuerdo el día que Juan Pedro e Isabel, tras años de internamiento en un Centro de Protección y de Reforma, fueron aceptados en la escuela ordinaria, porque entendieron que nadie puede ser determinado por sus orígenes, ni por sus  circunstancias familiares ni comportamientos. Con su incorporación ganaron todos los alumnos ya que todos ellos, hasta los más inteligentes e integrados,  en algún momento de su proceso educativo  protagonizan algún episodio de rechazo, padecen algún trastorno de conducta, hiperactividad o retraso cognitivo a causa de un acontecimiento familiar o afectivo. “!Es que es muy revoltoso y me alborota toda la clase!” me decía un maestro que se resistía a la inclusión en el aula. Le hice ver que quizá esos revoltosos eran los más normales, por no consentir estar cuatro horas sentados en sus pupitres y escuchando pasivamente. Y de este modo, gracias a ellos, la escuela organizó el espacio sin darse las espaldas unos a otros, y el tiempo de descanso con criterios más razonables para edades evolutivas

Se les llamaban “niños difíciles”, “minusválidos”, “retrasados” “revoltosos” “cojos, ciegos y sordos” pero nosotros sabíamos que eran personas con necesidades especiales, como puede ser cualquier niño o niña en cualquier momento.  En lugar de asignarles Centros especiales, convendría poner servicios especializados de apoyo a la integración para ser utilizados por cualquier alumno en el momento que lo necesite. O acaso el menor superdotado no necesitará ayuda de movilidad cuando tenga una lesión jugando al futbol, o no necesitará apoyo sicológico el día que deja de atender en clase a causa de la separación de sus padres, o requiera apoyo comprensivo cuando su cuerpo empiece a desmoronarse afectivamente. Todos los alumnos precisan, a lo largo de su escolaridad, diversas ayudas de tipo personal, técnico o material, en un “continuo” de actuaciones que van desde las más ordinarias a las más específicas, desde ayudas transitorias a servicios permanentes de atención a la diversidad.

Qué pasó para que aquella esperanza colectiva se presente hoy como un fracaso y una pesadilla. Llegaron las sombras de los prejuicios para interrumpir aquella esperanza. Por  prejuicios sociales no se aceptaba que los alumnos aventajados no pudieran progresar a causa de que algunos alumnos entienden más lentamente y necesiten mayor atención por parte de los profesores. A estos les importa más que los alumnos aprendan los ríos de España que la educación para convivir con la diferencia. ¡Qué triste debe ser para los alumnos que vivieron en una burbuja escolar, y se encuentran en una sociedad en los que conviven listos y torpes, corredores de fondo y caminantes de paso lento! Quienes desde pequeño no lleguen a sentarse en la escuela junto a un niño ciego, discapacitado, inquieto y rebelde habrá perdido el arte de convivir con la diferencia.

Aquella esperanza colectiva fue interrumpida también por prejuicios ideológicos afincados en la segregación por sexos, por categorías económicas o prestigio social. La escuelas uniformes -ricos con ricos, pobres con pobres, inteligentes con inteligentes, creyentes con creyentes, varones con varones, blancos con blancos – pasan de largo por encima de la realidad , y como pronostica Francisco en Fratelli tutti, “es un modo sutil de expresar que  sólo cuentan nuestros intereses individuales”(n.19)

Asimismo, aquella esperanza colectiva se quebró por intereses económicos que convirtieron en negocio las limitaciones físicas, psíquicas y sensoriales. Y cuando los gobiernos conservadores les fueron propicios, acudieron a montar sus negocios hasta multiplicarse las empresas interesadas en crear Colegios fuera del sistema ordinario, sostenidos al cien por cien por el presupuesto del Estado.

Muchas familias y educadores, muchas organizaciones solidarias y congregaciones no secundaron los prejuicios sociales, ideológicos y mercantiles y colaboraron activa y decididamente con las políticas inclusivas a  través de medidas menos restrictivas. Entendieron que no hay categorías de menores, sino personas que necesitan apoyo; no hay algunos alumnos con minusvalías sino que todas en algún momento pueden sufrir alguna discapacidad y necesitar servicios de forma más o menos continua y permanente. Se trata de responder de manera diferenciada a la diversidad presente en todo grupo humano. Y dotar al sistema educativo de los recursos personales y materiales precisos, potenciar la figura del tutor para determinar las necesidades especiales, asegurar la atención singular a los alumnos que la precisen, y comprometer a toda la comunidad educativa, incluidos la estrecha colaboración con las familias. Los centros de Educación Especial, se decía ya hace 40 años,  deben ser considerados recursos de apoyo dentro del sistema educativo para poner a disposición la experiencia, los materiales y los recursos atesorados a lo largo de su larga historia.

Si la reforma es tan perentoria desde hace cinco décadas, por qué darse 10 años para su implantación. ¿Creen, señores diputados, que para entonces se habrán disuelto los prejuicios sociales, ideológicos y mercantiles, o por el contrario, se habrán consolidado a través de otra ley Wert regresiva e ideológica? Para  entonces, generaciones de menores se habrán perdido sus beneficios. Tengan el coraje de asumir el interés superior de los menores; y confiemos que nuestros obispos entiendan para el sistema educativo, el propósito del papa Francisco: “Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”. Y de este modo la educación “renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado” (n.35).

Publicado en Grup del Dissabte

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